Max en Mex.

El Segundo Imperio Mexicano es un tema fascinante. La historia de un par de nobles europeos descendientes de los reyes católicos y miembros de la familia imperial más importante de su tiempo (Los Habsburgo), que llegaron a México para gobernarlo y se encontraron con una guerra civil en la que los aliados eran bastante incómodos y los enemigos eran más cercanos a su pensamiento de lo que podían aceptar, ha servido para escribir incontables libros al respecto.
Desde Corona de Sombras, de Rodolfo Usigli, hasta Noticias del Imperio, de Fernando del Paso, pasando además por otras obras, como Maximiliano y Carlota, de Egon Caesar Conte-Corti, y el reciente Tras las huellas de un desconocido, de Konrad Ratz, las obras sobre Max y Carlota se multiplican.
Una de ellas es el diario de un austriaco, Carl Khevenhüller, quien llego a México a defender a Maximiliano, y aquí vivió las aventuras más importantes de su vida.
Khevenhüller era un príncipe que nació en 1839. Como hijo de buena familia, dedico gran parte de su juventud a vivir la vida en fiestas, apuestas, carreras de caballos, viajes, romances y todo lo que la buena vida le podía ofrecer. Hasta que las deudas en el juego se convirtieron en un enorme problema para su familia.
Con 25 años y una vida de bohemio, su padre decidió que era el momento de ayudarlo a madurar. Y qué mejor oportunidad para ello que obligarlo a que se enrolara en el Cuerpo de Voluntarios Austriacos, el cual se había formado para apoyar una empresa iniciada por Napoleón III, emperador de los franceses: el segundo imperio mexicano.
México nació en 1821 como una monarquía. Agustín de Iturbide, el consumador de la Independencia, escuchó los cantos de las sirenas y aceptó convertirse en el primer emperador mexicano. Sin embargo, los grandes problemas económicos y la enorme crisis política que vivía el naciente Estado acabaron con el Imperio. Al paso de los años México cambió constantemente de vestido político: a veces fue una república federal, y en otras ocasiones una república centralista. Tuvimos muchísimos presidentes que duraban muy poco tiempo, Estados Unidos nos arrebató la mitad del territorio en 1847 y parecía que la nación mexicana estaba condenada, tarde o temprano, a perecer.
Durante todo ese tiempo, el ideal monárquico permaneció vivo. Lucas Alamán, José María Gutiérrez de Estrada y otros seguían creyendo que la única solución para el país era tener un gobernante que contara con el respaldo de los grupos poderosos del país, y para ello su legitimidad tenía que venirle de afuera. Un príncipe extranjero que supiera gobernar sería la solución a todos nuestros problemas.
La vida les dio la oportunidad a los monárquicos de comprobar si sus ideas podían funcionar. En 1861, luego de la Guerra de Reforma, el presidente Juárez tuvo que suspender el pago de la deuda externa, lo que aprovechó el Imperio Francés para adueñarse de México.
Napoléon III consiguió que el archiduque de Austria Maximiliano aceptara la corona, y fue en ese momento cuando Khevenhüller vino a México. Y empezó a escribir un diario en el que contaba todo lo que veía en nuestro país.
Bajo en mando del conde Franz von Thun, comandante del Cuerpo de Voluntarios Austriacos, Khevenhüller y sus compañeros realizaron diversas misiones en México. Se enfrentaron a los guerrilleros republicanos con valor, pero también se dieron cuenta pronto de que eran simples peones en un ajedrez político.
Khevenhüller narra en su diario cuán difícil era la relación con los franceses, quienes se consideraban los amos de México, y con los generales conservadores, proclives a la corrupción y a la traición.
Cuando Napoleón III comprendió que el Imperio Mexicano no tenía futuro y retiró sus tropas en 1866, Khevenhüller y el Cuerpo de Voluntarios se quedaron en México para proteger a Maximiliano, pero los generales conservadores les impidieron que acompañaran al Emperador mexicano a Querétaro, con el pretexto de que eran más necesarios protegiendo la Ciudad de México, algo de lo que Khevenhüller siempre se arrepintió.
Sin embargo, el principe tenía otro motivo para permanecer en la capital: Leonor Rivas. Ella era la esposa de Ignacio Torres Adalid, un millonario de la época. Eso no impidió que entre Rivas y Khevenhüller comenzara una relación de la cual nació un hijo, al que Khevenhüller nunca conoció, ya que salió de México poco después de la caída de Querétaro, en 1867.
Khevenhüller reunió sus notas sobre la campaña de México y las publicó en 1883. Falleció en 1905, en el Castillo de Riegersburg, recordando sus aventuras al lado de Maximiliano de Habsburgo y a la mujer que nunca volvió a ver.
Sus memorias son un gran testimonio sobre la vida mexicana durante el Segundo Imperio Mexicano, y nos muestran especialmente cómo la veía un europeo que había llegado huyendo de los problemas y se encontró con los mejores momentos de su existencia.